domingo, 24 de octubre de 2010

Sexo violento, Sexo inseguro, Situación muda

Desde siempre el sexo tiene en la especie humana algo más que la función de procrear. Ha cumplido la función de cohesión social, siendo una de las poquísimas especies donde se desarrolla actividad sexual, más allá del momento propicio para la fecundación. Ella cumple, tal cual lo expone Desmond Morris en su famoso trabajo "El Mono Desnudo", la función de mantener la célula básica de la pareja, como soporte de la protección, crianza y suministro de recursos necesarios para el desarrollo de los retoños. También la actividad sexual se desarrolla como forma de distracción, de estímulo vital y exploratoria, de la propia capacidad de conquista y de pertenencia a determinados círculos sociales. No se debe ignorar que con el desarrollo de la economía de mercado, la actividad sexual ha pasado a ser una importantísima mercancía, que se compra y se vende y se utiliza para alcanzar otros objetivos económicos. Pero el sexo es también una forma de dominación, de sometimientos, de expresión de muchos impulsos de agresión, ataque. Impulsos de seres que no pueden ver a sus semejantes como tales, sino como objetos donde afirmarse en su supremacía, ignorando el sufrimiento ajeno, o disfrutando de su propia capacidad de causarlo en los demás. La sociedad, que no puede admitir como aceptables dichos comportamientos, suele ignorarlos, pues las aberraciones son muy difíciles de digerir. Por eso la actividad sexual suele estar acompañada de sentimientos como la vergüenza, la culpa, el ocultamiento. Es una actividad que hace a la intimidad, pero no necesariamente sexo es igual a placer. Y el dolor, el sometimiento, el sufrimiento y la humillación del cual han sido víctimas millones durante siglos, sigue siendo un terreno silenciado. El silencio es cómplice y materia prima de este dolor. El acallar las experiencias traumáticas, marca de por vida la imposibilidad de acceso al placer y las uniones felices, como muy bien lo ha estudiado el psicoanálisis.

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